GRUÑIDOS ENTRE LA MALEZA

Texto: Virgilio Liante

En plena temporada de caza mayor de jabalí, la cuadrilla de Emilio Leoz, compuesta por veinte personas, queda los jueves y domingos en Monreal (Pamplona) para ir de caza al coto de Zabalza. Pagan doscientas mil pesetas al año por persona, pero a cambio respiran naturaleza salvaje. Almuerzan, cuentan historias de antaño al calor de una hoguera en medio del campo, y cazan jabalí.

Michel trabaja como resacador. Se encarga de correr dentro del bosque chillando con sus ocho perros, cuatro sabuesos y cuatro grifones, para espantar a los jabalíes hacia las posturas en la senda donde se encuentran los cazadores con sus escopetas.

La lluvia le cala el jersey de bolas y la camiseta interior. Saca a los perros del remolque. Todos llevan un collar con un cascabel para no perderse y ladran sin parar corriendo como animales desbocados. "Están ansiosos de ir a por los bichos (jabalíes)", dice Michel echando un vaho por la boca que empaña hasta sus gafas de culo de vaso. El resacador corta ramas, zarzas y todo lo que se cruza en su camino Pega un disparo al aire con su cuchillo de caña. Los sabuesos corren tras el jabalí, Michel tras los perros. La actividad es frenética. Los perros empiezan a ladrar más fuerte. El resacador se quita el jersey mientras le caen gotas de sudor por la frente, coge el walkie-talkie para avisar "al Zapa".

- Por tu madre si me fallarías el tiro te corto los cojones, comenta con una voz entrecortada.

- Vale, te juro que voy a pegarle un tiro en limpio en el costado para que se desangre rápido, responde el "Zapa", el zapatero del pueblo

Míchel con el aliento y los labios cortados por el frío se sienta en la hojarasca, a la espera del acierto del "Zapa". Tres disparos truenan a lo lejos en apenas un segundo.

- He fallado. Únicamente le ha dado en la pata derecha un tiro muy ladeado, habla por el walkie.

El resacador se levanta nervioso, llama a los sabuesos. Van llegando, pero falta uno. Respira profundamente para tranquilizarse, se le resbalan las gafas.

- Traco, Traco.

No aparece. Da una palmada para que los demás perros sigan olfateando huellas de los jabalíes y él se va a buscar a Traco. Camina deprisa porque no puede perder la jornada, además le da reparo que en el almuerzo le critiquen cuando vayan entonados con unos pacharanes. Míchel grita más. A lo lejos aparece Traco ladeando la cabeza porque está herido. El jabalí le ha alcanzado con los colmillos; uno le ha llegado al estómago y el otro le ha atravesado la parte inferior de la boca provocándole un desgarro en la lengua que le cuelga de un pellejo. Michel impaciente, avisa al "Jotas", otro resacador, para que cuide de sus sabuesos y grifones. Baja el monte silbando. El perro le acompaña y lo monta en la parte trasera de su Jeep. La carretera está embarrada y muy peligrosa, pero Michel conduce a 70 km/h. Llega al veterinario, Manuel, que vive en una casa de piedra antigua en Salinas. Coge al perro en brazos y lo mete en la consulta. Manuel le cose la lengua y le comenta que debería dejarlo en su casa si no quiere que sacrifiquen al animal. Michel se vuelve solo con el Lada a continuar la jornada.

Un almuerzo en el bosque

Los veinte cazadores bajan a la ladera para almorzar. Por el camino, con mucha pendiente, repleto de hojas y hayedos centenarios, bromean sobre la chulería de Josetxo, apodado "Aznar", que cree tener el mejor jeep y que por la mañana se ha quedado atrapado en un barrizal.

- Deberías ser un poco más humilde porque a quién chulea la gente le reconoce como un prepotente, le comenta Paxti en plan de guasa mientras baja el cortafuegos con su mochila llena de comida y vino casero.

- Tengo el mejor Jeep y vosotros sois unos envidiosos, responde "Aznar" con tono altivo.

- Una vez comentabas que habías matado un jabalí de cien kilos cuando no pesaba ni cincuenta.

- Deja el tema en paz de una vez, le replica "Aznar" con evasivas.

- Si pero mi vino, mi queso y la chistorra no los vas a probar, le dice Paxti.

"Aznar" coge un par de setas del suelo y se las esclafa en la gorra polar a Paxti.

- La hostia si lo dejaríais estar. No os dais cuenta que hemos venido a cazar para pasar un buen día aunque haga un tiempo de perros y no hayamos cazado todavía, comenta por atrás Silverio, un hombre bajito con gorro y un auricular en la oreja izquierda.

En la ladera, los cazadores dejan las escopetas enfundadas en el jeep de un resacador. Silverio saca un hacha de la mochila.

- ¿Dónde vas con eso fiera?, comenta Patxi sentado debajo de un árbol mientras se toma su segundo vaso de vino. "

- A coger leña para la hoguera, porque si no lo hago yo, tú con los coloretes que llevas no te puedes ni levantar, responde Silverio irónicamente.

Silverio corta con el hacha las ramas de un árbol. Le cae un manto de agua en la cabeza. Coge unas piedras para cercar el fuego. Pone los troncos en forma de tienda de campaña. Quema unas pastillas blancas y unas páginas de periódico. Los cazadores soplan alrededor esperando que prenda la leña.

En un instante empiezan a sacar la comida, la van poniendo en una toalla extendida sobre el suelo. Patxi, con su gorra polar y su acento cerrado de pueblo, comenta que ha traído chistorra, queso casero y una botella de vino. El resto de cazadores sonríen y le comentan que únicamente es media botella de vino, porque la otra media se la ha bebido cuando encendían el fuego. Silverio saca una caja de plástico con chorizos de Ochagavía, una botella de pacharán y unos morretes de cerdo. " El Herrero" se encarga de traer un palo con dos pinchos en la punta para asar la comida. "El Sevilla" saca de su bolsa verde militar unos trozos de tocino y chuletas de cordero.

Se empiezan a asar los primeros chorizos y trozos de tocino. Los perros calados llegan hasta la hoguera. Los resacadores se secan la cara del sudor y alargan la mano para que les llegue algo de comida. Los cazadores charlan sobre los jabalíes que han visto y sobre la paciencia del bicho que no atraviesa la ladera aunque escuchen los ladridos de los perros que les acosan. Hasta el momento han disparado a tres jabalíes pero no han matado ninguno.

Continúan asándose los morretes de cerdo. Paco que camina con muletas, quiere cambiar de apostadero porque no ha visto ningún jabalí en toda la mañana. Los compañeros le replican que no puede. Habría repetir la votación, como hacen a primera hora de la mañana con unas bolas de plástico para rifar las posturas en el monte, pero no están dispuestos.

- El monte es muy grande y es imposible saber si el animal sale a resaque, en dirección de donde vienen los perros, o a contraresaque, replica Patxi, el más experto de los cazadores.

- Cuenta una historia de esas que sacas de tu chistera Paxti, le piden los cazadores.

El hombre de setenta años, con sus manos recias, su dedo índice morado de tanto pegar escopetazos y una mirada bondadosa, cierra los ojos. Sentado sobre un tronco recuerda que un día de lluvia y con niebla, se encontraba en su postura con el rifle y un carajillo para quitarle el frío. Había matado dos jabalíes. Esperaba el tercero. Pensaba que iba aparecer, cuando de repente vio algo que se movía entre la maleza. Apuntó con el visor y alguien le gritó. "No dispares Patxi soy yo". Fue a ver quién era y se dio cuenta de que estaba apuntando a un compañero que necesitaba ayuda porque un jabalí se había vuelto contra él y le había hincado el colmillo en la pierna.

- Antes no teníamos un telefonico de estos como ahora. La caza era mucho más salvaje. Sin electrónica, ni ostias de estas que hay ahora, dice Patxi levantando el tono.

El almuerzo acaba y otra vez se van a sus puestos.

La caza con el experto

Patxi sentado en su silleta recuerda el jabalí que cazó de 124 kilos, medalla de oro y con unos colmillos de veinte centímetros. "Con la caza he ganado paciencia. Sé que me pueden salir en el próximo minuto y eso tranquiliza a cualquiera, al igual que lo bonito de contemplar la naturaleza, el viento, el bosque", asegura mientras se toma un yogur azucarado. Ha puesto una tela verde entre dos árboles. En un instante, "El Jotas" le avisa de que se dirige un jabalí hacia su zona. Rápidamente se incorpora y tira el yogur. Agarra su escopeta repetidora, una Mossberg con dos cañones. Pide absoluto silencio. No se escucha más que el repiquetear de las gotas en hojarasca, al resacador desgañitarse, los perros ladrando tras la presa y los pasos sigilosos de Patxi sobre el barro.

Los sabuesos del Jotas se escuchan cada vez más cerca. Patxi, muy atento, mueve la cabeza afinando su oído. Escucha unos chillidos de jabalí, señala que vienen por la zona de arriba del bosque. Sabe que va a pasar por esa zona del cortafuegos. El jabalí pasa a unos cien metros. Apunta por el visor y dispara tres veces con una bala del calibre doce. Ha acertado. Le ha dado en la zona del costado. El jabalí echa borbotones de sangre, gruñe herido de muerte. Se le quiebran las patas y se queda entre las hojas del suelo. Los sabuesos se ceban con el jabalí, le muerden repetidas veces en la zona del costado, pero el bicho se revuelve y le pega un colmillazo a un perro. "Hay que dejar a los sabuesos que saboreen al bicho después de correr tanto", comenta el cazador mientras se quita la gorra polar y se rasca la calva.

El jabalí echa una babilla blanca por el morrete, tiene unos ojos diminutos y unas patas musculosas. Patxi intenta agarrar al animal, pero no puede. "Pesará unos cien kilos", le comenta por el walkie a Silverio. "Cuando termine la jornada me tenéis que ayudar porque es imposible bajar a esta bestia, es la hostia", dice el cazador.

Chicho ha matado otro jabalí en la postura número diez. Ya van dos en apenas un cuarto de hora. Acaba la jornada y cada uno baja de su postura a ayudar a Paxti porque es mayor. Todos los cazadores le dan la enhorabuena. Agarran al animal "Aznar" y Silverio. Se pringan las manos de sangre. Lo echan al animal en el 4x4 de "Aznar", que les pide ayuda a sus compañeros para salir del barrizal. El Nissan Patrol no puede salir. Cada vez se mete más en la ladera. "Aznar" teme dejar el Nissan toda la noche en la montaña de Zabalza. Coge una cuerda del maletero y les dice a todos que tiren con todas sus fuerzas. El motor ruge. Lo intenta sacar marcha atrás hasta que al final, gracias a sus compañeros, lo consigue.

En la chabola

La chabola se encuentra en la calle Elza de Monreal. En la entrada hay un cuarto de cemento con un jabalí despellejado. Ahora van a desollar los dos que han cazado. Les cortan las cabezas. Patxi las cuece. Con un cuchillo le raja entre los ojos y el morrete para sacarle los colmillos.

- Los pondré en una tabla de madera con una chapa donde ponga mi nombre, el día y el coto, asegura orgulloso.

Silverio desolla a los dos animales colgándolos de una barra metálica con dos ganchos. Después mete las tripas en unas bolsas de plástico, perfectamente selladas, y se las da a los resacadores para que las lleven a la buitrera de Salinas.

En otro cuarto, contiguo al de cemento, que tiene una fotografía de Miguel Indurain vestido del Banesto con una escopeta en la mano y con un autógrafo: "Para mis amigos los cazadores de Monreal. Un abrazo", otros cuatro cazadores juegan al mus sobre un tapete. Con una botella de vino sobre la mesa, miran sus cartas y se hacen gestos con la vista.

- La gente de pueblo sí sabe jugar al mus. No como en la ciudad, dice "El Herrero" después de ganar una partida y de darle la mano al "Zapa".

- ¡La hostia si sabemos!, ¡eh, Herrero!, le responde después de pegarle una calada al puro.

En la chabola continuará la algarabía, todos los jueves y domingos, hasta finales de febrero cuando acabe la temporada de caza . "Si que me iría al monte a seguir cazando", se escucha desde la puerta. Siete 4x4 con los neumáticos llenos de barro me hacen recordar el día de caza en Zabalza; de ver a Paco como subía el monte con sus muletas, la escopeta colgada al hombro, con la ilusión de un principiante; de haber escuchado la historia de Paxti que a punto estuvo de disparar contra un compañero creyéndose que era un jabalí; de pasar un almuerzo en el campo con pacharán, chistorra, tocino y morrete; de escuchar a los resacadores chillando dentro del bosque, como Paco el Bajo en los Santos Inocentes, para asustar a los jabalíes y que vayan hacia las posturas donde les espera el cazador; de la paciencia de los cazadores que están todo un día con una escopeta en la mano esperando al jabalí.


Normas: Perros para la caza

Para la caza del jabalí queda prohibida la modalidad de caza con perros de agarre. Queda prohibida la utilización de las siguientes razas de perros y sus mestizos: dogo, alano, pastor alemán, bulldog, pitbull, rotweiler, mastín, dobermann y perro de presa canario.

Obtención de licencias

La obtención de licencias anuales es de 2000 pesetas, excepto para los mayores de 65 años que es gratuita. Los cazadores que no tengan (o no puedan justificar) una licencia de caza de cualquier autonomía anterior a 1994, para obtener la nueva licencia tendrán que superar un examen que consistirá en preguntas sobre las normas de caza. Los mayores de dieciséis años no pueden obtener el permiso salvo que vayan acompañados de una persona mayor de edad. No pueden cazar los menores de dieciséis años.


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Última modificación: 11/03/05

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